El lunar de la adopción gay

Publicado en El Espectador, Junio 9 de 2016

El debate sobre adopción igualitaria en Colombia fue tan pobre que ignoró los vientres de alquiler.

Quienes atacan la jurisprudencia se espantan con una pareja gay, mientras la militancia tapa cualquier inconveniente. Son historias de horror contra cuentos de hadas que silencian el abismo entre la adopción lesbiana y la gay, menospeciando la maternidad. Desde Darwin se conocen, en todas las especies, estrategias evolutivas basadas en la selección por parentesco. Hace medio siglo, la “regla de Hamilton” en biología postuló que el altruísmo depende de la cercanía genética, desde hormigas hasta seres humanos; el vínculo primordial, incontestable, es el maternal. Ante estas realidades de la evolución, sumadas a la importancia que diferentes culturas, sistemas legales y disciplinas le reconocen a la madre, el activismo pretende que esa presencia es inocua para la crianza. Encima, queda flotando la idea de que contratar una gestante para quitarle el hijo es una nimiedad compensable con dinero.

La procreación asistida ya permite adopciones sofisticadas, y escabrosas: óvulos premium, escogidos a la carta, bien remunerados –hasta cien mil dólares si es de una universitaria “inteligente, atlética, alta y rubia”- fecundados in vitro y luego implantados en un vientre alquilado en tierras lejanas donde una pobre mujer, que ya ni transmite sus genes, no importunará al arrepentirse de haber vendido parte de sí, su embarazo, ese complejo proceso físiológico, hormonal y psicológico que se sabe genera estrechos vínculos; aceptará alguna retribución, colosal para ella, irrisoria para quien adopta pagando. Con retórica progresista se impulsó la utilización del cuerpo de mujeres marginadas en beneficio de una élite transnacional. La esencia de ese mercado la ilustró en 2015 un grupo de gais israelíes: ante la prohibición para alquilar vientres en su país, habían viajado al Nepal; tras el terremoto, fueron evacuados por su gobierno con sus bebés, dejando en medio del desastre a las madres subrogadas, incluso algunas hindúes que habían sido llevadas allá por agencias de adopción. Úsalas y despreocúpate, parece ser el lema.

“Las formas antiguas de esclavitud y servidumbre nos indignan. Pero, extraño fenómeno, que los cuerpos femeninos sean parte de un mercado y se vuelvan mercancía nos deja tranquilos”, anota Sylviane Agacinski, filósofa francesa, socialista y feminista, orgullosa de que su país prohíba lo que nuestros insignes magistrados, congresistas, fundamentalistas del derecho y militantes no se han dignado debatir. Ni siquiera han reflexionado sobre ese arreglo que algunos, con arrogancia, decretan irrelevante.

Cuando señalé que la adopción gay incrementaría la demanda por madres sustitutas, Rodrigo Uprimny replicó que estaba equivocado pues el problema “existe también para parejas heterosexuales. La adopción igualitaria y el alquiler de vientres son claramente diferenciables… Es un tema difícil; no lo he estudiado suficientemente”. Para valorar este planteamiento, basta pensar en otro escenario, el transporte urbano, e imaginar un vendedor de buses diesel que propone esa opción para renovar el parque existente. Ante la protesta ambientalista por las emisiones, el astuto promotor responde que él de carbono negro no sabe, pero como hay taxis, vehículos particulares y tractomulas que también usan ese combustible, la objeción es irrelevante; sus autobuses contaminantes pueden circular sin problema.

La falta de regulación del alquiler de vientres por parejas heterosexuales no disculpa haber impulsado sin discusión otra fuente de demanda por esa manera de tener hijos. El descache de Uprimny refleja el nivel del debate, y muestra los riesgos de reformas sin controversia política, presionadas por militantes aliados con académicos en quienes prima la defensa de su clientela particular sobre la consideración de todas las partes afectadas y el interés públlico.

Una activista anota que, con homosexuales, "los hijos adoptados, siempre, son hijos deseados". Las ganas de ser padre -mejor biológico, por la “regla de Hamilton”- pueden ser tan intensas que conlleven alta disponibilidad a pagar, desde cualquier lugar del mundo: el mercado es global. Las restricciones en muchos países aumentaron la presión sobre aquellos con “laisser faire”, insólitamente respaldado en Colombia por intervencionistas convencidos. Qué hipócrita el argumento de que se aliviará la sobre oferta de menores abandonados en el país, provocada por un arranque de legalismo hamiltoniano de la Corte Constitucional: “indagar hasta el sexto grado de consanguinidad por algún familiar dispuesto a quedarse con un niño” antes de darlo en adopción.

La demanda -gay, heterosexual, monoparental- por madres subrogadas es sólida internacionalmente. Aprobar la adopción igualitaria, sin regulación, ni un mínimo diagnóstico sobre los riesgos y costos de las colombianas que alquilan su vientre, es una irresponsabilidad supina. Tal vez los mismos litigantes que celebraron una jurisprudencia que prescinde de estas mujeres, les recomendarán demandar al Estado por permitir que forasteros ricos les compren un hijo para expatriarlo.






Agacinsky, Sylviane (2009). Corps en Miettes. Paris: Flammarion

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